El 26 de noviembre de 2025, el complejo residencial Wang Fuk Court, en el distrito de Tai Po, en los Nuevos Territorios de Hong Kong, quedó destruido por un incendio que ardió durante más de 43 horas. Las llamas, que se propagaron con una velocidad inusual a través de los andamios de bambú instalados para las obras de renovación del complejo, consumieron siete de sus ocho bloques de viviendas. El saldo fue de 168 muertos, incluido un bombero, y 79 heridos. Es el incendio más mortífero en Hong Kong desde 1948.
Lo que siguió a la catástrofe inmediata es una historia que, en estos meses, ha llegado a los medios internacionales por una razón diferente: la tecnología. Concretamente, por el uso de exoesqueletos de miembro inferior para permitir que residentes mayores y con movilidad reducida pudieran subir a pie las plantas que los ascensores, aún inoperativos, ya no podían cubrir.
El problema concreto que resolvió el exoesqueleto
Las torres de Wang Fuk Court tienen 31 plantas. Tras el incendio, los ascensores dejaron de funcionar. Cuando las autoridades de Hong Kong abrieron una ventana temporal en abril de 2026 para que los residentes pudieran acceder a sus viviendas y recuperar objetos personales, muchos de ellos —en su mayoría personas mayores— se encontraron ante la imposibilidad física de subir esas escaleras. Para una persona de 59 años con problemas de rodilla como Fanny Mok, que vive en el piso 13, la distancia vertical no era un inconveniente: era un muro.
La solución vino de la mano de exoesqueletos de miembro inferior proporcionados por la empresa china Hypershell. Decenas de supervivientes recibieron sesiones de entrenamiento para aprender a usar el dispositivo en un edificio cercano antes de acometer la subida real. El resultado fue que personas que no habrían podido subir por sus propios medios consiguieron hacerlo, recuperar sus pertenencias y, en muchos casos, despedirse de los espacios donde habían vivido.
Un residente de mayor edad utilizó el exoesqueleto para subir 30 plantas. No para una rehabilitación médica. No en un entorno clínico. Sino en un bloque de viviendas quemado, en el contexto de una tragedia colectiva, como herramienta de autonomía funcional en un momento en que ninguna otra solución era viable.
Lo que este caso enseña sobre el alcance real de los exoesqueletos
En los sectores donde trabajamos habitualmente —logística, industria, construcción, mantenimiento, trabajo agrícola— los exoesqueletos se justifican por su impacto en la reducción de la carga física, la prevención de trastornos musculoesqueléticos y la mejora de la productividad. Son argumentos válidos, respaldados por datos, y son los que guían los procesos de implantación que llevamos a cabo en Española de Robots.
Pero el caso de Wang Fuk Court añade otra dimensión. Muestra que esta tecnología, cuando se aplica correctamente al contexto correcto, puede convertirse en un instrumento de dignidad para personas que, sin ella, habrían quedado al margen de algo tan básico como volver a su casa aunque sea una última vez. En esta ocasión se trata de devolver capacidad de movimiento a personas que la han perdido, temporal o permanentemente, y permitirles operar con autonomía en entornos que de otro modo les serían inaccesibles.
Una tecnología que ya actúa en el mundo real
En el debate sobre exoesqueletos en España, una de las objeciones que aparece con más frecuencia entre responsables de prevención y operaciones es la de la madurez tecnológica: ¿está esto suficientemente probado para implantarlo en una empresa real? La respuesta, en 2026, es que sí. No como promesa de futuro, sino como realidad operativa.
Los casos se acumulan en distintos ámbitos. En logística y manufactura, empresas de referencia en Europa y Estados Unidos llevan años validando modelos de exoesqueleto lumbar y de miembro superior en líneas de producción y almacenes. En construcción y mantenimiento, el soporte de miembro superior para trabajos en altura y posiciones forzadas está ganando terreno en mercados como Alemania, Francia y los Países Bajos. Y en escenarios de emergencia y uso no industrial, el caso de Wang Fuk Court es quizás el ejemplo más visible a escala global de lo que ocurre cuando la tecnología está disponible, es fácil de usar y se aplica con criterio.
Desde Española de Robots llevamos el mismo enfoque a cada implantación: primero el análisis de la tarea, luego la selección del dispositivo adecuado para ese puesto concreto, y después el acompañamiento al equipo de prevención y al personal que va a usarlo. No existe un modelo de exoesqueleto universal, del mismo modo que no existe una implantación que funcione sin el respaldo real de la organización y sin que el trabajador entienda qué lleva puesto y para qué sirve. Lo que sí existe es una tecnología que ya está ayudando a personas a lo largo del mundo, en entornos muy distintos, a hacer cosas que sin ella no podrían hacer.
Foto: Youtube - Reuters (https://youtu.be/Byy1e-GQ-YE?si=Qaty82eWIN4ZtKpy)